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La puerta giratoria de nuestro sistema penal

Hay dos formas de reclusión: física y emocional. Mientras que los reclusos son encarcelados por los delitos que cometieron, muchos de nosotros ignoramos que vivimos en prisiones emocionales.

La población global de prisioneros está compuesta por antiguas y actuales víctimas de los entornos tóxicos de la infancia. Hace un tiempo, me encontré un par de vídeos de una cantante cristiana que ofrecía conciertos en prisiones de hombres y mujeres. Es posible que algunos de los reclusos que acudían no tenían intención de conectar con Dios, mientras que otros tenían la esperanza de hacerlo. La imagen comienza a tomar forma cuando captan al público en las gradas. No podemos negar que están privados de libertad. Altos muros, bardas interminables rematadas con alambre de púas y guardias armados refuerzan esta noción. No importan las diversas razas, edades, aparentes fuerzas físicas, tipo de delitos cometidos y el tiempo de encarcelamiento. Lo que tienen en común es que no son más que un número en un sistema superpoblado y abrumado que intenta rehabilitarlos.

Apoyo la teoría de que cualquier acto de violencia o violación de nuestro derecho otorgado por Dios a vivir en paz es inaceptable, y debemos hacer cumplir la ley para garantizar que todos paguemos nuestra deuda por todos los delitos cometidos.

Idealmente, el proceso sería el siguiente. Cuando cometemos errores, asumimos la responsabilidad de nuestros actos, pagamos nuestra deuda y aprendemos la lección. Sin embargo, la mayoría de los encarcelados son y serán delincuentes reincidentes. Hemos pasado por alto el vínculo entre la crisis social de dimensiones pandémicas a la que nos enfrentamos y la creciente población de nuestro sistema penitenciario con su lugar de origen, que son nuestros hogares. En la mayoría de los casos, el problema es el entorno malsano en el que nos encontramos al nacer, el cual no podemos elegir ni controlar. Es un hecho universalmente reconocido que los niños crecen y se convierten en adultos. Cuando los niños pasan por traumas, dolor y sufrimiento mientras crecen en condiciones inseguras y poco deseables, suelen desarrollar sentimientos de inferioridad. Existen muchas fórmulas con varios niveles e intensidades de disfunción, que abarcan desde el abandono hasta el abuso físico y sexual, entre muchos otros. Este cóctel tóxico producirá sin duda resultados poco favorables. El simple hecho de encarcelar a los responsables de crímenes cometidos contra la humanidad nunca acabará con la violencia ni aliviará el dolor que sufren las personas a causa de dichos crímenes. Debemos ser proactivos, cambiar el enfoque y reconocer que el problema se origina en casa. La mayoría de nosotros no sabremos hasta más adelante en la vida hasta qué punto el entorno de nuestra infancia influye en quiénes nos convertimos. Al menos, esto es cierto en mi caso.

Lo que observé en ese vídeo fueron hombres y mujeres con una historia desconocida de lo que padecieron en su entorno infantil— que resultó en su encarcelamiento físico.

Quiero ser franca y directa. No estoy justificando ningún delito, sino exponiendo los hechos. No nacemos con ningún título o etiqueta, ya sea positivo o negativo. Estos se adquieren en entornos dañados y tóxicos en nuestros hogares. Por lo tanto, no estamos exentos de experiencias adversas o reacciones negativas. Nuestras historias contienen situaciones que raramente compartimos, principalmente por miedo y vergüenza. Si no reconocemos, abordamos y sanamos nuestro dolor y traumas del pasado, puede ser cuestión de tiempo que también terminemos encarcelados físicamente. No hay mucha diferencia entre la población de las cárceles y todos los que vivimos fuera de esos muros y puertas de acero, porque muchos de nosotros estamos atrapados en prisiones emocionales. Es nuestro castigo por no reconocer y ser proactivos en nuestra sanación. El enfoque actual respecto a la rehabilitación ha fracasado, como lo demuestra la puerta giratoria del sistema penitenciario. Colocar a los delincuentes entre rejas y esperar que aprendan la lección al perder su libertad no es la solución. Porque cuando los presos cumplen su condena y se reincorporan a la sociedad, recibimos la misma versión, o peor, de la persona que inicialmente encarcelamos. Debemos adoptar y esforzarnos por aplicar con urgencia y empeño un nuevo método para evitar este patrón. La única solución es, en primer lugar, reconocer nuestros traumas infantiles. Segundo, debemos ayudar a todos los seres humanos, independientemente de sus antecedentes criminales, con una oportunidad para abordar todas las áreas que necesitan sanar. Curiosamente, los vídeos de los conciertos captan el dolor, las lágrimas, el remordimiento y un evidente deseo de recibir el perdón y salvación. Ninguna de nuestras historias está libres de errores y pecados. Sé que la mía tiene su parte de ambos, a parte de la larga lista de seres queridos heridos por mis decisiones y mi comportamiento. Afortunadamente, una vez que acepte responsabilidad de mis actos, Dios me rescató. Abrió las puertas de la prisión emocional que había sido mi morada durante demasiado tiempo. Sólo nuestro Dios, omnipresente, conoce y comprende todo lo que hemos sufrido. Quiere que recordemos que somos redimidos, salvados por gracia, dignos de perdón y amados incondicionalmente. Quizá un preso nunca obtenga su libertad, pero aun así Dios los liberará de su prisión emocional. Una vez que sanamos, comprendemos que lo único que importa es que somos quienes el Dios Todopoderoso dice que somos

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Rosa Diaz

Me siento inclinada a hablar de un tema que me toca de cerca: la violencia doméstica. Después de sanar, decidí compartir mi experiencia y ofrecer una perspectiva nueva y sin precedentes sobre este problema tan extendido y recurrente.

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